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Sartre, de Bastardos y Guasones

Vamos a inaugurar este espacio, con un breve análisis de la figura del Joker, más conocido como “el Guasón” para los hispanoparlantes. Ícono, pop, literario y filosófico, el payaso rey del crimen, célebre en el cine tras ser interpretado magistralmente por Nicholson, Ledger y Phoenix, se ha dicho, o al menos yo lo digo, que pudo haber influenciado nuestras vidas en el último tiempo, especialmente en lo relativo a las dos revueltas más célebres en contra del neoliberalismo, precisamente en los dos países que profesan con mayor rigidez sus valores. Me refiero a las potentes revueltas del el 18-O en Chile, y el BlackLivesMatters en USA. 

¿Qué tienen en común, aparte del descontento social del grueso de la población que decide reventar con violencia en contra de sus instituciones y reclamando en contra de sus élites? Vamos a alucinar, como lo hago yo, en que el Guasón está metido en todo esto, como un virus sempiterno que circula por las calles de Gotham City siguiendo lo que propuso Scott Snyder en la saga Endgame, y este caos, esta anarquía desbocada, guardaría relación con un primitivo y latente instinto vindicativo, aquel propio del hijo ilegítimo, del bastardo hacia su padre, entendido este último, como un patriarca absoluto e inconmovible, porque en el fondo, de eso es lo que va la película de Todd Phillips sobre el Guasón. 

Estrenada en Chile días antes del estallido social de octubre y, reestrenada en USA por HBO durante la revuelta ocasionada por la muerte de George Floyd, el príncipe payaso del crimen parece haber atizado las pulsiones más anárquicas contenidas por la mente reprimida del hombre post industrial, sirviéndose de su civilizada neurosis. Algún mecanismo interno, quiero pensar, un instinto dionisiaco -diría el psiquiatra chileno Claudio Naranjo- caótico, rebelde, como si de un dispositivo en desuso se tratase y que se enciende para hacer corto circuito, gracias al pintarrajeado Joaquín Phoenix bailando sobre un auto en frente de una turba enardecida, liberado de si mismo y dispuesto a reventar ese orden patriarcal y apolíneo de los aristócratas, representado por Thomas y Martha Wayne, los padres de Batman.

Lo cierto es que la idea de un guasón supuestamente emparentado con en encapotado justiciero nocturno, rinde tributo a los múltiples giros que el personaje ha dado en el cómic. Creo que una inspiración directa, casi plagiaria, desde la viñeta al celuloide, y no advertida en general, la encontramos en la novela de Enrico Marini, Dark Prince Charming, cuya estética resulta evidente. En esa historia el argumento se centra en la existencia de una hija pequeña que Bruce Wayne, a quien Batman descubre tras la muerte de su madre, una chica con quien mantuvo una relación fugaz de una noche, en la misma época en que un colorido villano de labios pintados las habría tenido a su vez, con lo que no sabemos a ciencia cierta quien es realmente el padre de la chica que debe reclamar su lugar en la locura, de un lado o del otro. 

Pero la noción del hijo bastardo del linaje Wayne no descansa solo en la teoría de esta última película y el hermoso cómic de Marini, sino que se arrastra desde las raíces mismas de la creación del personaje. Según cuenta la leyenda de su diseño, Bill Finger, al crearlo dibujó un bosquejo inspirado primordialmente en la versión de Gwynplaine interpretada por Conrad Veidt en la película El hombre que ríe de 1928, y desde allí en adelante esa cara alargada y pálida, de sonrisa espectral, es la que ha definido al personaje. Pero ello solo refiere a lo estético, lo que subyace fantasmagóricamente y aun escapando de la voluntad de sus propios creadores, ha sido el hecho de que el protagonista de la novela de Victor Hugo, el hombre con la horrible mueca, era en realidad, el hijo de un noble aristócrata, y que había sido secuestrado por una banda de corruptores de niños quienes lo habían deformado para exhibirlo como una rareza. A diferencia del Guasón de la última película, Gwynplaine sí recupera su linaje y sus títulos, aunque únicamente para caer en la opulencia, la depravación y la consecuente soledad de ver perder a su amada, una chica ciega que podía ver lo realmente esencial y oculto a los ojos de la sociedad que lo rechazaba. Ese rechazo es patente en la película de Phillips, en la notable escena del baño en que el hijo bastardo, atónito ante la crueldad del mundo, confronta a un padre aristócrata que lo rechaza a los golpes. Ese rechazo del bastardo, del hombre sin linaje, del hombre enteramente libre sin ataduras es una de las nociones centrales que nos presenta un filósofo de la anarquía como Jean Paul Sartre, para quien, como una premisa archiconocida, “la existencia precede a la esencia”, porque el hombre común comienza por existir, es uno que no tiene nada detrás de sí, no tiene nada que lo justifique, y en ese sentido debemos entendernos como bastardos, diferentes de toda oligarquía, aristocracia o monarquía, estos últimos compuestos como individuos que tienen detrás toda una inmensidad, un linaje, tradiciones, material esquivo a los guasones carentes de ascendencia y por tanto de toda esencia. Es en este punto entonces, cuando el Guasón se determina, se decide a “darse el ser”, sea a través de la noción del Guasón que ya nos presentó Alan Moore en la magistral novela gráfica “La Broma Asesina”, con una serie de pasados delirantes y de elección múltiple replicados en la película de Nolan, encarnado en los gestos inmortales de Heath Ledger. Así, los múltiples pasados con que puede cargar el bastardo, poco importarán, lo que importa para el Guasón, realmente, es la libertad, como bien le advierte a Harvey Dos Caras en la escena del Hospital en TDKR, lo que importa es darse el ser, y ¿cómo nos damos el ser? Nos damos el ser eligiendo, nos damos el ser a través de nuestra praxis: somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros, y para lograrlo, se despierta del sueño en que nos hemos permitido someternos, y se despierta al caos de buscarse una esencia propia, pese a toda experiencia pasada. Por eso es que para el Guasón, no existirán las víctimas, porque ya se fue víctima, pero no se llora por ello, a diferencia de lo que parecen sentir algunas generaciones altamente sensibles a la ofensa, el Guasón no se queda llorando por sus desgracias, no se queda reclamando en contra del patriarcado o del sistema que le ha robado sus oportunidades, no va por la vida esperando una compensación condescendiente, para el Guasón el destino se toma por la fuerza de ser necesario, a riesgo de la vida, porque lo único que importa es el ejercicio de la libertad. Elegimos, y en cada elección elegimos lo que somos. Somos lo que hacemos con lo que hicieron con nosotros. Lo que queremos ser. Somos responsables de cada una de nuestras elecciones porque cada una de nuestras elecciones tiene un peso ontológico, es decir, tiene el peso de darnos el ser, parafraseando a Feynman, filósofo argentino (y RE Sartreano): porque si algo vamos a ser, vamos a ser aquello que vamos eligiendo a lo largo de nuestra vida. No estamos determinados para nada. Somos libres de ir eligiendo y esta libertad es nuestra responsabilidad, escapar del Asilo Arkham y devolverle el favor a la sociedad, es una de ellas. Why so serious?!





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